La hora del té
Primera parte
DĂa 4 en la biblioteca, año 1345 del periodo NurgĂ«n
   —Dorsans… —murmuró a regañadientes odiándose a sà misma por ceder a los deseos de su estómago.
   —¡Esplendido! —señaló Eyra triunfante—. Ahora, si eres tan amable de devolver a nuestra anfitriona a su forma original, podremos dar comienzo a la merienda que nos ha preparado.
   —¡¿Cómo?! ¿Ha sido ella la que ha organizado todo esto? —preguntó muy molesta frunciendo el ceño.
   —AsĂ es —afirmĂł sonriente—. Estaba tan agradecida por nuestra hospitalidad que se ha pasado todo el dĂa preparando este pequeño banquete para mostrarnos su gratitud y presentarse ante los demás habitantes de la biblioteca.
   —¡¿Y quĂ© demonios pasa conmigo?! —espetĂł furiosa pegando a Nialdry a su pico para que no pudiera escapar de su feroz mirada—. ÂżAcaso no te parecĂa digna de probar tus dulces? ÂżEh? ¡¿EH?!
   Aterrorizada, la babosa se arrugó como si le hubiesen echado sal encima y empezó a proferir un chillido casi inaudible.
   —¡Se acabó! ¡Ahora sà que te como!
   Pero antes de que Mirdian pudiera cumplir su amenaza, Eyra se la arrebató y la puso a salvo en su regazo.
   —¡Ey! ¡DevuĂ©lvemela ahora mismo! —le ordenĂł erizando las plumas de la coronilla—. ¡Puedo soportar muchas cosas, incluso que me hagan sangrar los oĂdos! ÂżPero no invitarme a comer? ¡Eso sĂ que no! ¡Por encima de mi cadáver! —farfullĂł abalanzándose sobre Eyra para recuperar a Nialdry.
   —¿Pero de qué estás hablando? —preguntó desconcertada posando la pata sobre su cabeza para que le fuera imposible alcanzarla.
   —¡De que esa maldita charlatana no me ha invitado a merendar! —contestó agitando las alas hacia la cintura de Eyra para recobrar su presa.
   —¡Claro que lo ha hecho! —exclamĂł empujándola hacia atrás para que se detuviera de una buena vez—. De hecho, yo estaba presente cuando le pidiĂł a la señora GlĂria que os avisara a ti, a Drip y a Rorlin.
   Fue escuchar el nombre del ama de llaves y tanto Eyra como Mirdian ataron cabos de inmediato.
   —Esa maldita bruja… ¡me las va a pagar! —gritó iracunda tornando sus plumas negras—. ¡Y tú! —dijo girándose bruscamente hacia Drip—. Más te vale no tener nada que ver con esto o te lanzaré a un pozo atado a la piedra más grande que encuentre.
   Negro como el carbón, Drip se agarró aún más fuerte a mà y empezó a negar fervientemente con la cabeza.
   —Mirdian… —murmurĂ© incapaz de creer lo rápido que habĂa olvidado la promesa que hizo en mi habitaciĂłn.
   —¡Esto no cuenta! —se apresuró a indicar al percibir mi tono de recriminación.
   —¿Cómo que no? Eso ha sido una amenaza en toda regla.
   —Vale… tal vez sĂ… —reconociĂł al verse incapaz de negarlo—. ¡Pero con la comida no se juega, y mucho menos con los dorsans! —añadiĂł dolida tratando de justificarse.
   Al ver que me sonreĂ en vez de regañarla, Mirdian se girĂł y empezĂł a refunfuñar en voz baja. No estaba del todo segura, pero por lo poco que podĂa entender entre bufido y bufido, parecĂa estar preparando su maquiavĂ©lica venganza contra el ama de llaves.
   —Ejem, ejem —carraspeó Eyra impaciente esperando a que devolviera a la pobre Mainrog a su forma original.
   —SĂ, sĂ, ya voy —indicĂł aĂşn malhumorada extendiendo el ala para que le entregara la babosa.
   Eyra, que todavĂa parecĂa recelar de las intenciones de la Sirzan, arqueĂł ligeramente una ceja y ladeĂł la cabeza.
   —¡¿Qué?! —exclamó molesta—. ¡No voy a comérmela!
   —SĂ, eso has dicho. Pero Âżpuedo fiarme de tu palabra? —preguntĂł apoyando la pata sobre la cadera.
   —¡Por supuesto! —dijo todavĂa más ofendida.
   —Por tu bien, espero que asà sea —indicó devolviéndole a la pobre babosa.
   Enojada por la falta de confianza, Mirdian cogió a Nialdry y, colocándola frente a su cabeza, la señaló con el ala.
   —EscĂşchame con atenciĂłn, minina —le advirtiĂł muy seria—. Voy a devolverte tu verdadero cuerpo porque, por lo visto, has heredado el preciado don de tu tĂa abuela para crear esas maravillosas delicias azucaradas —dijo volviĂ©ndosele hacer el pico agua—, y me has invitado a probarlas junto a los demás. No obstante, y que te quede bien claro, como vuelvas a soltar semejante retahĂla de preguntas en mi presencia, me harĂ© un tentempiĂ© contigo. ÂżEntendido?
   Con una mezcla de vergüenza y pavor, Nialdry asintió con sus descoordinados tentáculos.
   —Lo tomarĂ© como un sĂ. —Y, volviendo a sacudir sus plumas, la Mainrog volviĂł a su ser en un abrir y cerrar de ojos.

Leer siguiente entrada del diarioLeer anterior entrada del diario