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Capítulo 2

La llegada a El Puente Dorado

      No era la primera vez que dormía a la intemperie, y menos aún en la copa de un paupérrimo árbol como el que se encontraba frente a ella. No obstante, sabía que si se aventuraba a pasar la noche entre aquellas esqueléticas ramas, corría el riesgo de acabar enfermando o, peor aún, tiesa como los bigotes de un mainrog.

      —Creo que no me queda más remedio que entrar… —musitó con un hilo de voz, volviendo la vista hacia la endiablada taberna.

      Rea se ajustó la bolsa al pecho y, resoplando cual burbujeante puchero, abandonó su improvisado escondrijo. En silencio, avanzó entre los esmirriados árboles de corteza grisácea y se detuvo a pocos metros de donde se encontraba el camino de tierra frente al que se alzaba El Puente Dorado. Miró a ambos lados del sendero y, tras asegurarse de que no había nadie más allí, salió corriendo hacia la taberna. Sin embargo, en lugar de dirigirse a la entrada principal, como cualquier otro huésped, fue a la parte trasera. A fin de cuentas, si de verdad existía alguna posibilidad de no salir mal parada de aquel desafortunado hospedaje, no cabía duda de que pasaba por hablar a solas con la dueña.

      Temblorosa como un ratón a punto de ser devorado, Rea se colocó frente a la desangelada puerta cubierta de grasa y alzó la mano dispuesta a llamar. Desgraciadamente, antes de que sus menudos y congelados nudillos golpearan la madera, la estridente puerta se abrió ante sus narices desvelando una figura de lo más extravagante.

      Se trataba de una niña pequeña, de no más de ocho o nueve años, con el cabello rojizo como el cobre, los ojos castaños y las mejillas cubiertas de pecas. Vestía una llamativa camisa blanca con rayas amarillas y un pringoso mandil de cuero repleto de manchurrones y salpicaduras de sangre. Colgado a la cintura, llevaba un enorme frasco que contenía alguna clase de poción. Además, por si aquellos escabrosos detalles no fueran suficientes para ponerle los pelos de punta al más pintado, una enorme cicatriz atravesaba su antebrazo derecho hasta casi alcanzar el codo y blandía un enorme cuchillo de trinchar, casi tan largo como su propio torso, cubierto por vísceras frescas.

      Al ver a Rea allí parada, con la mano en alto y los ojos abiertos como un sapo al que acabaran de lanzar a una cazuela hirviendo, la niña frunció el ceño y apoyó las manos sobre las caderas.

      —¡Ey, Marilca! —gritó hacia el interior de la posada ladeando ligeramente el rostro—. ¡Tenemos otra amante de lo ajeno en la cocina!

      Aún sorprendida por la corta edad que tenía aquella criatura, nada más acusarla de ladrona, Rea volvió en sí igual que si acabara de despertar de un profundo sueño y empezó a negar fervientemente con la cabeza.

      —¡No, os equivocáis! —replicó con ahogo—. ¡Yo no soy ninguna ladrona!

      —Entonces, ¡¿qué eres?! —preguntó con voz escabrosa apostando velozmente la punta del cuchillo bajo su garganta—. Y más te vale que me digas la verdad, ricura, o de lo contrario te destriparé igual que a ese dorqui que tengo ahí en la mesa y añadiré tus despojos al guiso que estoy preparando para esa panda de rufianes.

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