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POCIONES ACORN

Bienvenida

¡Ah, hola! ¡Bienvenid@s al taller de la señora Glíria! Mi nombre es Mandrin y seré vuestra anfitriona. ¡Oh!, pero no os dejéis engañar por mi aspecto, aunque sea una salamandra, no soy una cualquiera. Soy una Catarcident procedente de los frondosos bosques del reino de Zoria.

Mandrin
(Sí, soy yo de pequeña, ¿y qué? Seguro que vosotros también ponéis retratos vuestros de cuando eráis más jóvenes, ¿verdad?)

¿Que qué es eso? Pues, para seros sincera, es el término que inventó la señora Glíria para referirse a mí después de mi “singular transformación”. ¡Oh!, por vuestros rostros diría que mis palabras han hecho que os pique el gusanillo y ahora deseáis conocer mi historia. Pues no os preocupéis, porque en seguida satisfaré vuestra curiosidad (yo no me hago tanto de rogar como la pejilguera de Mirdian). Bien, como suelen empezar por estos lares las historias, érase una vez… ¡Ja, ja, ja, habéis picado! Ni por asomo voy a empezar así ja, ja. ¡Oh!, pero no os enfadéis, que ya comienzo.

Historia de Mandrin

Veréis, hace aproximadamente unos… ¿cincuenta y siete años? ¡¿ya?! Bueno, no importa. Hace como la tira de años, iba yo buscando algo que llevarme al estómago cuando, sin darme cuenta, me encontré ante los muros de la biblioteca de Zoria. En un primer momento, pensé en dar media vuelta y regresar al bosque. Sin embargo, cuando estaba a punto de marcharme, escuché un crujido celestial procedente de esa misma ventana, la que tenéis a vuestra derecha. Casi tan curiosa como hambrienta, trepé por la pared de piedra y me asomé a echar un vistazo. Fue entonces cuando vi el paraíso salamandril hecho realidad. Imaginaos: un tarro de cristal abierto, como cien veces más grande que vosotros, repleto de crujientes y deliciosos bichos bola. ¡Ayyy, si es que solo de recordarlos se me hace la boca agua!

Sí, sí, ya vuelvo a la historia, no me miréis así… El caso es que, hipnotizada por sus rechonchos e hipnóticos movimientos, me lance a por ellos sin pensarlo. Por desgracia, cuando estaba a punto de alcanzar mi preciado botín, cuatro Sprunfis de la señora Glíria pasaron corriendo junto al alfeizar con tan mala suerte que acabamos el frasco, docenas de ingredientes que había desperdigados por la mesa y yo, en el burbujeante caldero que teníamos debajo. No obstante, en lugar de morir abrasada en aquel mejunje o convertida en a saber los dioses qué, me transformé.

Realmente no sé cómo sucedió, porque en cuanto toqué el brebaje perdí el sentido. Sin embargo, cuando volví a abrir los ojos, no solo era casi tan grande como un gato, sino que además podía hablar con la señora Glíria (tengo la teoría de que fue debido al hecho de que también cayeron algunos de sus pelos al caldero…) y me convertí en una catadora de pociones invulnerable. O para que podáis entenderlo mejor: desde ese preciso instante, no solo obtuve la capacidad de probar cualquier poción sin temor a sufrir daño alguno o morir, sino que, de hecho, las necesitaba para seguir viviendo. Si pasaba más de cuatro días sin probar una, empezaba a enfermar y corría el riesgo de estirar la pata (literalmente).

Como era de esperarse de alguien como la señora Glíria, cuando me descubrió inconsciente en mitad del taller se sintió terriblemente culpable por lo ocurrido y trató de devolverme a mi estado anterior. Lamentablemente, por más que lo intentó, fue incapaz de repetir la mezcla que me transformó (cosa lógica, por otra parte. A saber la de ingredientes que cayeron en aquel pegajoso mejunje color ocre) y, sin dudarlo, me ofreció quedarme con ella como su catadora oficial. Y así fue como me convertí en Catarcident (o catadora por accidente ja,ja).

Pociones Acorn
Este es el retrato para anunciar las pociones en el mercado. Salgo favorecida, ¿verdad?

Obviamente, jamás imaginé que acabaría viviendo en el taller de una bruja, pero, ¡ey!, no puedo quejarme. Al contrario. ¡Esto es el paraíso! No solo puedo probar todas las pociones que quiera, sino que, la señora Glíria me cocina toda clase de insectos y me trata como si fuera una más de su familia.

Cierto es que, a veces, con las primeras versiones de sus pociones me pasa de todo (me hago pequeñita, intentan estrangularme plantas sobredopadas, me vuelvo adicta a la leche y a los ratones o incluso acabo provocando tormentas de nieve). No obstante, como nada puede hacerme daño, trato de sacarle partido a todas las situaciones (sí, incluso cuando intentan matarme ja, ja, ja. ¿¡Cómo que no os lo creéis?! Pues que sepáis que cuando una latiguilla intentó romperme el cuello, la domestiqué para que atrapara con sus hojas moscas para mí, je, je).

Bueno, esa es mi historia. Ahora, permitidme que os guíe por el taller y os muestre la inmensa colección de pociones de la señora Glíria. Adelante, pasad, no tengáis miedo (a menos, claro está, que os den fobia los roedores. En cuyo caso os aconsejo salir por patas, porque esto está literalmente plagado, ja, ja, ja).

POCIONES

Bien, esta de aquí es la estantería donde la señora Glíria guarda sus pociones. Como podéis ver, hay casi tantas como estrellas en el firmamento, de modo que os hablaré de ellas conforme se vayan descubriendo nuevos cuentos o fechas señaladas, ¿de acuerdo?. Entonces, empecemos con la primera.